La estructura del mundo para Tomas Hobbes (1588-1679) es sencilla y tiene sus raíces en la filosofía de los materialistas antiguos: Demócrito, Epicuro y Lucrecio. En el mundo no hay más que átomos y la materia ocupa el universo. La materia es eterna y ha existido desde siempre, es imposible crearla a partir de la nada ni aniquilarla. Los mundos que existen en el universo nacen y mueren, pero la materia de la que están hechos es perenne.
El movimiento de los átomos obedece las leyes de la mecánica descritas por Galileo, pero a pesar de regirse por ellas, el mundo es un caos que no persigue ningún objetivo. Lo único que sucede en el mundo está determinado por las leyes de la mecánica. En este sentido, Hobbes apostó por lo que se llama causalidad universal (=Demócrito) y negó, por tanto, el libre albedrío (diferenciándose de este modo de Epicuro).
Hobbes fue el primero en divulgar en los tiempos modernos una filosofía que suele denominarse materialismo mecanicista, es decir, la fe en que no hay más que cuerpos que se mueven según las leyes de la mecánica. La omnipresencia de las leyes de la mecánica que lo explican todo, abarcan no solamente el mundo físico (el movimiento de los cuerpos animados e inanimados) sino también el mundo psíquico o espiritual de las personas (percepciones, sueños, pensamientos, sentimientos, deseos… Todo esto no son más que movimientos de los átomos en nuestro cuerpo, en los nervios o en el corazón).
Desmarcándome de las teorías atomistas e intentando ahondar más en aspectos de percepción del mundo, me planteo las siguientes cuestiones: ¿Quién no goza de tener las cosas bajo control, hacerlas explicables y, en definitiva, que respondan a un sistema creado por nosotros mismos donde quede fuera lo contingente, lo azaroso...? ¿No es una forma de imponer un control a lo que nos rodea para hacernos sentir que no estamos perdidos en el mundo? ¿No tiende la ciencia y la cultura en general a ello? Inmersos en una sociedad en la que todo es explicable o mesurable, en donde no dejamos margen a la contingencia ¿No sería ésta una posible causa del tal “malestar del individuo” que se hace presente en sociedades contemporáneas? ¿Es posible que no estemos preparados para asumir, aceptar, conciliarnos con lo inexplicable, azaroso, contingente, vacío o como se le quiera llamar? ¿Los parámetros adquiridos para movernos en el mundo de la vida son los más adecuados? Y, en definitiva, ¿no es el intento simbólico o no tan simbólico de construir un puente del Estado de Naturaleza al Estado Social como hace Hobbes?
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